
Por Rosario Puga
Días atrás aparecieron en los medios los resultados de la última encuesta CEP, poco después se anuncio que más del 70% de las y los chilenos se declaraban felices en una encuesta de la ONU. Es el Chile de las encuestas que se ha convertido en la representación por excelencia de lo que "pensamos".
Pero, peso, sentido y valor son cosas distintas, especialmente en política. En medio de la incomunicada vida cotidiana los ciudadanos se preguntan dónde, en qué ejercicio de ciudadanía se construyen los sentidos compartidos. Y ahí se nos cuela el Chile de las encuestas.
De tanto en tanto los medios ejercitan la calle en temas de cierta importancia, pero en general la gente opina en espacios más marginales y en circuitos cerrados como las redes sociales. La ausencia de referentes que permitan saber realmente qué opinan y piensan las y los chilenos en verdad hace difícil saber cómo se construyen los consensos. Y en medio de ese vacío las encuestas son como barómetros que miden la presión ambiente.
El origen del “instrumento”, viene de la mercadotecnia que desarrollo formas de estudio de tendencias para instalar productos y servicios y analizar los comportamientos del mercado.
Esto quiero decir que desde el principio las encuestas estaban íntimamente ligadas a la segmentación y a la estratificación social. En eso no han cambiado mucho, pero su peso, no necesariamente su valor se ha modificado desde que existen los estudios de percepción y de tendencias políticas. Estos son una suerte de evolución de la medición estadística de la opinión. Y en el mismo grado que los medios dejan de generar narrativas que sea referentes de lo que está pasando y cómo lo están procesando las sociedades, estos “datos” que arrojan las encuestas pasan a ser el referente principal sobre cómo y qué esta pensando la gente.
Y si bien las encuestas sólo son instantáneas de un momento, lo cierto es que en sociedades con tantas dificultades para armar diálogo sus resultados corren en solitario para construir líderes y hegemonías.
El Peso...
Como señala el siempre lucido Antonio Gil en su columna del 23 de agosto en el LUN, CEP, CERC y ADIMARK son como iglesias cuyos dictados se temen y se esperan. Pero no se trata sólo del dato estadístico, también está el rol sacerdotal de sus directores que “interpretan” lo que las cifras” significan. En esta maraña, por ejemplo, que Piñera suba en aprobación en la encuesta los mismos puntos de error que tiene el instrumento de medición es una anécdota que no parece importar en los círculos del primer mandatario, quien se declara feliz.
Lo que aquí opera es la idea de la radiografía, que las encuestas transparentan el momento político pero insisto, que son los mismos expertos los que se ven obligados a construir el contexto de interpretación, porque no existen otros relatos donde la interpretación de los porcentajes hagan carne y adquieran peso. Por eso parece necesario cuestionar su valor , no para desestimar la instantánea, sino para cuestionar desde dónde se están generando los consensos.
El Sentido...
En el espacio mediático, pobre de voces, las encuestas son elevadas a categoría de dogma y son muchos lo que en torno a ellas arman certezas que abonan posiciones. No es difícil imaginar como recepcionaron los datos sobre la mejora presidencial, pero lo cierto es que no hay otras fuentes. Aquí esta lo que la gente piensa.
El valor...
Los últimos resultados CEP dieron un apoyo mayoritario para la opción presidencial de M. Bachelet, así que en medio de los silencios de la potencial candidata, la paliza que le da a los otros presidenciables se conforma como una suerte de clamor desde la ciudadanía para que la madre vuelva a casa. Si la tendencia se mantiene en lo que queda del año la ahora silenciosa ex pdta. tendrá que dar luces sobre nuestro futuro. Pero lo realmente llamativo es como operan los porcentajes en los círculos de poder, porque como señala Gil los estrategas pueden trabajar sobre la expectativa que los resultados generan en el eventual votante, como el referente cientifico de lo que va a pasar.
En el caso de las mayorías en torno a Bachelet, la posición en que quedan los otros candidatos de su sector los pone a luchar con un fantasma que no tiene que sostener su posición en torno a los temas de la coyuntura. La figura de la ex pdta. en el reino de la “encuestocracia” crece en proporción a su ausencia. Y en torno a este punto el columnista de LUN se pregunta: "¿qué deben hacer los otros candidatos? ¿Esperar que Bachelet se pronuncie y meterles huasca a sus caballos muertos?" Y si bien su cargo internacional le prohíbe pronunciarse más allá del intercambio de misivas ¿No habría sido más justo comparar lo comparable y hacer la consulta sobre quiénes ya se han nombrado a sí mismos como opciones?
El ejemplo es útil para ver como opera una de las distorsiones de la encuestocracia, porque los números dan a los estrategas políticos la opción de construir certezas y -como dice Gil- armar instrumentos de persuasión. Sin embargo sin el contraste del relato público la cuantificación de tendencias ordena las relaciones de poder. Así la misma ciudadanía se convence que ahí está reflejado el estado real de las cosas y arma su percepción de cuáles son los discursos mayoritarios. Esto unido al modo en que los medios de comunicación conforman la pauta de las conversaciones se convierte en la ingeneria de lo que somos. Pero como apunta el experto en sondeos mexicanos, Roy Campos, muchas veces las encuestas enseñan todo... menos lo importante.
Viene bien no olvidar que la estadística reduce la diversidad de lo representado porque si según la encuesta CEP carabineros son los mejores evaluados y los estudiantes tienen sólo un tercio de apoyo ciudadano, yo cuestiono la capacidad de medir el momento.
Y si el gobierno insiste en su guerra contra los estudiantes porque las cifras lo acompañan, las encuestas son peligrosas armas del poder y habrá que desconfiar no de su seriedad sino más bien de sus consecuencias.
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